Emakume errefuxiatuen kontrako sexu erasoak

"Minaren ibilbidea" bezala izendatu du Diagonal egunkariko Patricia Manriquek emakume errefuxiatuek egiten duten bidea.

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"Nunca quise dormir en las instalaciones. Tenía demasiado miedo de que alguien me tocara. Las tiendas eran mixtas y fui testigo de escenas de violencia. Me sentía más segura mientras nos desplazábamos, especialmente en autobús, el único lugar donde podía cerrar los ojos y dormir", explica Reem, una joven Siria, a Amnistía Internacional. Violencia de género en origen, tocamientos, asaltos, acoso, violaciones, matrimonio precoz y forzado, peticiones de sexo transaccional para abaratar el coste del viaje o conseguir comida y ropa en los centros de recepción...

Se trata del cuadro completo de la violencia sexual contra las mujeres, habitual en conflictos y desplazamientos, se suma al drama migratorio, en especial de quienes viajan solas o con menores. Sirias, Iraquíes, afganas... pero también eritreas, yemeníes, palestinas, nigerianas, pakistaníes, somalíes, sudanesas, gambianas, malíes etc.-estas últimas convertidas en migrantes 'de segunda'- constituyen, junto con los menores, en torno al 43% de los flujos migratorios mixtos que llegan a Europa. Sufren una violencia sexual que raramente denuncian, sin que la comunidad internacional tome medida alguna al respecto.

Un periplo terrorífico

"Una amiga que vino conmigo desde Siria se quedó sin dinero en Turquía y el ayudante del traficante le ofreció que se acostara con él. Ella se negó, claro, y no pudo salir de Turquía, en donde sigue", relata Hala, siria de 23 años.Los traficantes de personas eligen a las mujeres que viajan solas sabiendo que son más vulnerables e intentan coaccionarlas para que tengan relaciones sexuales con ellos. Otras -y, a falta de datos, se estima que muchas- corren el riesgo de caer en las redes de la trata.

Pero la violencia no se reduce, ni mucho menos, a los indeseables que están haciendo negocio del dolor dentro y fuera de Europa. Las mujeres han explicado que se sienten especialmente amenazadas en las zonas de tránsito.

En campamentos de Hungría, Croacia y Grecia duermen junto a los hombres refugiados por lo que algunas prefieren dormir en la playa, donde se sienten más seguras. Se quejan también de compartir aseos y duchas con los hombres, y algunas de haber sido espiadas por ellos, en este caso en Alemania. Llegan a adoptar medidas extremas, como no comer ni beber para evitar ir al baño.

Los tocamientos, las miradas lascivas y los requerimientos sexuales a cambio de ropa o comida, incluso por guardias de seguridad de los campos, son habituales. En general, explica Verónica Barroso, responsable de refugio y migraciones en AI, las investigaciones en toda la ruta de Grecia, Macedonia y los Balcanes muestran la falta de atención a las necesidades específicas de género, incluidas las medidas destinadas a embarazadas o de mujeres con lactantes.

ACNUR apunta en un reciente informe que muchos centros de recepción carecen de espacios seguros para mujeres y niñas, e insisten en la falta de métodos de detección de la violencia sexual, de apoyo psicosocial y la carencia de intérpretes femeninas que puedan facilitar las conversaciones con las supervivientes de violencia sexual en árabe, persa y otros idiomas.

Sin un entorno seguro, la mayoría de las mujeres ni habla de sus experiencias ni mucho menos denuncia: por miedo, para evitar la estigmatización y para no tener que detener su camino. Esta falta de medios supone el incumplimiento de diversas normas internacionales como Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las formas de discriminación contra la Mujer.

Cuerpo femenino y conflictos

"La violencia sexual ha sido el arma de guerra que se ha utilizado históricamente para dominar y controlar los cuerpos-territorios de las mujeres", explica la doctora en Antropología Social y feminista Marisa Ruiz Trejo que sigue muy de cerca el juicio Sepur Zarco, en Guatemala, donde hubo 30.000 mujeres violadas, buena parte de ellas indígenas, en un 98% de los casos por agentes del Estado.

En la misma línea se expresan Mujeres de Negro, que el año pasado participaron en el Tribunal de mujeres de Sarajevo. Durante el conflicto en la ex Yugoslavia  se denunciaron 60.000 violaciones de mujeres en Croacia y Bosnia Herzegovina

Para Viviana Waisssman, presidenta de Women’s Link, organización feminista experta en violencia de género que ha documentado abundantemente la violencia sexual sufrida por las migrantes subsaharianas en su periplo a Europa, el hecho de la violencia sexual masiva es universal y  "es clave cuánto se tarde en que la información salga".

"En los procesos de desplazamiento", explica Ruiz Trejo, "las mujeres despojadas se ven expuestas a distintas violencias tanto por parte de los pobladores de los lugares de destino como por los propios compañeros de grupo que, a su vez, han vivido situaciones de violencia". Se combinan diversas formas de "tráfico de mujeres" -término de la teórica feminista Gayle Rubin- que en el caso de violencia sexual por parte de los propios refugiados  se puede interpretar como "estrategia para ganar poder dentro del grupo" y si se trata de violadores de los países de recepción puede ser "un arma para humillar y desmoralizar a los varones y al grupo social 'enemigo'".

Se trata, en definitiva, de la cultura patriarcal -universal- de la violación, abundantemente tematizada en el feminismo desde los años 70 y apoyada en abundante documentación, a la que Mujeres de Negro oponen  "la justicia con enfoque feminista donde la reparación se consigue mediante el papel activo de las propias mujeres".

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